Hoy en día los regalos más comunes que piden los niños para navidad son celulares, tablets o computadoras.
Si alguien de 13 años no tiene un celular sus amigos comienzan a mirarlo raro.
Si alguien de 50 años no tiene un celular sus hijos y sus nietos casi que le obligan a adquirirlo.
Pagamos grandes sumas de dinero para poder adquirir las máquinas que nos permiten regalar nuestra información al mundo. Porque todos debemos tener un número, un perfil y al menos tres fotos con más de 50 likes. Somos criados en una cultura en la cual, más que normalizar, se alienta a todo el mundo a no guardarse nada. La privacidad es vista cada día con ojos más extraños y la vida misma cobra sentido sólo cuando está en internet.
Los llamados «nativos digitales» estamos acostumbrados a compartir cada aspecto de nuestras vidas a quienes ni les importa. El reflejo principal al ver algo extraño o gracioso es filmarlo, o contarlo en redes sociales. Si pasan más de ciertos días sin que subas un tweet o una foto, tus conocidos se preocupan por ti.
Desgracias, felicidades o cotidianidades son puestas por nosotros voluntariamente a la mirada de todo el mundo, y como no es de extrañar, las organizaciones con poder saben cómo sacar provecho de esto.
A través de la perpetuación de la cultura del consumismo el gobierno encontró la forma de hacer que la divulgación de la vida privada se volviera algo cotidiano y normal, adquiriendo la capacidad de recoger información de cuanta persona tenga un perfil en cualquier red social.
¿Qué tanto puede culparse al gobierno, aún así? Los términos y condiciones siguen siendo el documento menos leído en Internet, en cualquier sitio web. La moral es baja de parte suya pues es inaceptable espiar a personas inocentes, sin su consentimiento y de manera arbitraria. Pero considero que hay una gran influencia sobre esto en cuanto a la información que damos voluntariamente.
Es trabajo de cada quién, de la sociedad en general, el de abrir los ojos y darse cuenta de que estamos poniendo en bandeja de plata toda nuestra vida, nuestra privacidad, los detalles de nuestra intimidad y un largo etcétera, para que sea usado por aquellos a los cuales les firmamos un contrato sin mirarlo, o a quienes aceptamos las condiciones sin informarnos de cuáles son. Sólo con un click.
El exceso de información de internet es mucho más que algo supérfluo que se pierde en la infinidad de la web. Es algo que queda grabado desde el momento en que se sube y que puede ser utilizado por cualquiera con el poder de encontrarlo. Es por esto que tenemos que cuidarnos a nosotros mismos y no dejar que se metan en nuestras vidas abriendo las puertas en las redes sociales y demás sitios web.
Es triste que deba estarse prevenido por este tipo de conductas por parte de una institución que debería ser completamente ética y moral, pero mientras esta se convierte en lo que debe ser tenemos que aprender a actuar de manera que no nos perjudique a nosotros mismos. Ya que vivimos en un tiempo en el que la única prioridad de las autoridades son mantener bajo control a las masas, supervisando a cada uno de sus integrantes para que ninguno realice acciones que vayan en contra de lo que ellos quieren.
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